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miércoles, 14 de mayo de 2014

Ganar algo en la traducción

A medida que voy traduciendo mi libro ¿Qué pinto yo aquí? Un neoyorquino en la ciudad de nunca jamás a inglés, voy descubriendo más o menos lo que esperaba descubrir: las frases, párrafos y capítulos en los que tengo algo sustancial que decir, estos funcionan igual de bien en mi lengua madrasta que en mi lengua madre.  Pero en cuanto, en español, empleaba la retórica, o jugaba con el idioma para intentar limar o hacer pasar una transición complicada, la versión española (es decir, la original) se manifiesta torpona a veces.

Esto no me quita el sueño.  Así, con las grietas de mi obra a la vista de mis lectores españoles, el libro es más transparente, y por lo tanto más honesto.  Me lo merezco si no engaño a nadie cuando no tengo claro lo que quiero decir, o aún peor cuando no tengo nada que decir.  Pero tampoco os voy a mentir: si pudiera disipar la torpeza, lo haría.

Al final de mi libro (que saldrá a la luz mañana, a las 21,30, en La Extra-Vagante, una librería en la Alameda de Hércules, 33, Sevilla), digo: “En el caso que esta obra haya gustado al lector, podemos decir que todo lo que he conseguido con ella ha sido por, y no a pesar de, haberla escrito en mi segundo idioma.  En el caso que esta obra haya decepcionado al lector, podemos decir que en inglés habría sido aún peor.”  Escribir en español me mantiene humilde y respetuoso ante la herramienta de mi trabajo, que es el idioma, y me ayuda a no olvidar que esta herramienta no sirve ni a mí ni a nadie si no tengo nada útil que levantar.  Con la obra básicamente plasmada, al traducirla a inglés, puedo dar los últimos (re)toques, tachando o/y añadiendo según proceda.  

El trabajo de traducir mi libro a inglés, me ha brindado la manera más eficaz de escribir que he conocido hasta ahora: componer en español hasta que no puedo refinar más, y después la prueba de fuego: a ver si la composición se tiene en pie en inglés.

domingo, 14 de julio de 2013

Un féretro virtual

Empecé a escribir La Sevilla del guiri, a sabiendas de que escribía sobre una etapa de mi vida.  En esta etapa tenía la suerte de estar forjando carácter, abriendo todos los recovecos del alma, alumbrándolos y siendo capaz de entender lo que descubría, todo provocado en gran parte por el sitio en el que vivía, o así me parecía.  Quizás lo mismo me habría ocurrido al vivir en cualquier tierra lejana, después de un cambio tan radical – de repente, a los 40 años, casado, con niños, hablando otro idioma (con dificultades), sin mi familia y gente de antes, casi siempre incómodo, a la defensiva.  Quizás lo que dio pie a tal visión interior haya sido simplemente mi extranjería.  Sea lo que fuera, la extrañeza a mi alrededor tenía una personalidad única e imponente, hasta tal punto que parecía estar presente en casi todo lo que yo hacía.  Como escritor, quería aprovechar, mientras durara, tal decorado y así la perspectiva que este aportaba hacia mi interior, consciente de que algún día el sitio dejara de tener tanto protagonismo en mi desarrollo y visión personal, y que, en este momento, tendría que dejar de escribir la serie, si quisiera seguir avanzando como persona y escritor.

Supongo que podría seguir escribiendo La Sevilla del guiri como distracción.  El problema es que la distracción me persigue por todas partes.  Cada cosa es una excusa para distraerme.  Lo difícil es encontrar una manera de centrarme en la sustancia de la vida, sin distracción.  Si no consigo esto, terminaré esta vida más o menos como la empecé: como poco más que un ser con impulsos y deseos; esto, en un adulto, viene a ser un tipo frustrado.  La escritura es la manera más eficaz que he encontrado para disfrutar de la vida más allá de mi cuerpo y mis caprichos.  Es a través de la palabra escrita cómo mejor llego a conocerme y a conocer a los demás.

Escribir con el objetivo de realizar grandes o aun pequeños descubrimientos sobre uno mismo, también significa escribir con el objetivo de crear arte.  No digo que lo haya conseguido con La Sevilla del guiri.  Digo que lo he intentado.  Escribí cada entrega, cumpliendo, lo mejor que podía, todas las exigencias que tal reto supone: expresarme con inteligencia, emoción y, sobre todo, con el rigor implacable que, si nos entregamos de lleno a él, acaba desnudando el alma.

Es insólito, tanto en este país como en el mío, que un escritor cuya máxima aspiración es crear arte, se dedique a crearla para un periódico.   Durante cuatro años, La Sevilla del guiri, publicada en el Diario de Sevilla, ha sido mi principal proyecto.  Todos los demás proyectos, que son muchos, han tenido que quedarse en un muy distante segundo plano.  No lamento haberme centrado tanto; lo celebro.  Al empezar a escribir la serie en mayo 2009, me di cuenta, después de casi 20 años dedicándome a textos largos de ficción, de que era con textos cortos de no ficción que podía más enérgicamente escarbar en el fondo de mí, y dejar constancia a lo descubierto con claridad y autoridad.  Así que, durante esta etapa de mi vida, el artículo periodístico ha sido mi género predilecto.

No sería justo esperar que otros escritores con tendencias artísticas compartan conmigo este entusiasmo con el artículo periodístico, sin embargo me extraña que, en España, donde es común que poetas, cuentistas y novelistas moonlight como articulistas y columnistas de opinión, más de estos no utilicen, de vez en cuando, sus espacios en los periódicos para intentar crear arte.  Además de hacer buena publicidad a su obra más importante (según ellos), podría, poquito a poco, ayudar a quitar éste estigma de poca permanencia, y por lo tanto de poco prestigio literario, que persigue las columnas periodísticas.  Aunque en España el talento está muchas veces al mando de la pluma periodística, parece no estar por la labor.  ¿Es por esnobismo, es decir, por el carácter supuestamente divulgador de las columnas, por llegar a mucho más lectores que poemas, cuentos y aun novelas, que los literatos de España, incluso ellos que escriben columnas, los menosprecian?

Durante mi etapa en el Diario de Sevilla, no menos de cinco hombres de letras han escrito columnas, y, entre ellos, sólo Enrique García Máiquez se ha dignado a regalarnos, cada año, un puñado de artículos sin caducidad, es decir, artículos que se atreven a desoír los temas del momento, o al menos a transcenderlos, para suscitar el interés en nosotros no sólo por los grandes temas de nuestro tiempo, sino de todos los tiempos.  Esto no es posible sin dar a la columna periodística el respeto que merece como género, es decir, reconociéndola como más grande que él o ella que la escribe, y así tratando los textos con el más meticuloso, sagrado cuidado.

No descarto que esta serie, aunque categóricamente terminado con Palabras finales siga teniendo vida, que llegue, tarde o temprano, más bien tarde, a nuevos lectores, y que se propague.  La era digital nos ha proporcionado la hemeroteca: una permanencia que los periodistas nunca hemos tenido antes.  Lo que ya es publicado, estará siempre expuesto en su féretro virtual, descansando en paz o en angustia.  Si tengo la fortuna de que un lector de sueños – uno que, como yo, mejor consigue conocer a sí mismo y a los demás a través de la palabra escrita – dé con un texto mío y quiera leer más del mismo autor, aun una obra entera, está al alcance de un clic.  Puede empezar desde el principio y llegar otra vez aquí, el Fin.

 

domingo, 30 de junio de 2013

Visto para sentencia

La premisa detrás de La Sevilla del guiri, que la gente de un sitio es distinta que la gente de otro, tiene una gran virtud: crea un conflicto sólido para impulsar una amena crónica: yo, el extranjero cabezudo, siempre intentando superar, con más o menos éxito, los estorbos puestos por los nativos.  También tiene un gran defecto: generaliza.  Aun reduciendo la premisa a los términos más prudentes posible, que hay ciertas características humanas más generalizadas en unas culturas que en otras, aun así no la puedo dar sustancia, salvo con anécdotas, que siempre están llenas de lagunas.  En sumo, parto de una premisa entretenida, pero sin rigor.

Si mantuviera que la gente de un sitio es distinta que la gente de otro por sus distintas historias, esta premisa no provocaría sospechas, pues es casi incuestionable.  Pero he elegido una vía más complicada, insinuando más de una vez, queriendo, que las diferencias, además de existir por motivos históricos, son intrínsecas.  Es un argumento etéreo, por no decir otra cosa peor.  Cualquier lector me podría poner mil ejemplos que me quitarían la razón.

Con un posicionamiento tan precario, he tenido que estar hiperalerta al plasmar los textos.  Escribía a sabiendas de que, con cualquier desliz, un aluvión de reproches legítimos me podría caer encima.  Algunas veces no he tenido argumento sólido del que podía agarrar.  Son gajes del oficio.  Soy de la opinión de que la valentía de un escritor radica, al menos en parte, en tener que defender un posicionamiento que es imposible defender con datos, o aun con lógica.  No me estoy echando flores.  Soy un escritor ambicioso, no valiente.  Si quiero dar la talla, no me queda más remedio que echarle cojones al asunto.

En El veredicto final, quería hacer dos cosas, ir terminando la serie con un toque positivo, y saldar cuentas con los sevillanos, con los que tengo una deuda de gratitud.  En La Sevilla del guiri, he emitido muchos juicos, tanto sobre los estadounidenses como sobre los sevillanos, pero a los sevillanos les he juzgado en la cara.  Así que, con este penúltimo artículo, me ocupé en dejar bien claro que sólo el juicio final tiene importancia, pues este pretende tenerlo todo en cuenta.  Estoy convencido de que, si estamos atentos y si mantenemos la mentalidad abierta, entonces lo bueno de un pueblo casi siempre tendrá más peso que lo malo.  El artículo se centra en los sevillanos, pero la afirmación vale igualmente bien con referencia a mis propios paisanos, aunque la mezcla de virtudes y defectos es distinta.

A fin de cuentas, el ser humano es más bueno que malo.  Otra corazonada mía por la que sólo podría abogar emocionalmente, no deductivamente.  Viva la anécdota.

domingo, 16 de junio de 2013

Escritor en busca de MacGuffin

Si ya tengo claro cómo Sevilla me beneficia (10 premios naranja para Sevilla) y cómo me jode (10 premios limón para Sevilla), temo que estamos llegando al momento de dejar Sevilla como tema.

Por un lado, Sevilla sólo ha sido una excusa para escribir sobre mí mismo.  Por otro lado, escribir sobre uno mismo, sin MacGuffin, es, para vuestro servidor, intentar escalar una pared de roca completamente lisa.  Sevilla me ha dado muchos puntos de apoyo para afianzar los dedos y pies.  Gracias tanto a la pared como a mi perseverancia he podido seguir subiendo.

No sé si he llegado a la cima.  No importa.  No fue la pared que quería conquistar, sino mi ser y sus misterios, exponiéndolo todo, y esto no tiene nada que ver con una cima, sino con un fondo.  Antes, los límites puestos por La Sevilla del guiri me estimulaban, tal como, por ejemplo, un metro estricto estimula a los poetas, o como las líneas de una cancha rigorosamente arbitrada estimulan a los ballplayers. Ahora estos límites me encasillan.

Al dejar La Sevilla del guiri, tendré que confiar en que me surja otro tema con posibilidades tan ricas como han sido las del Guiri para sacar lo mejor de mí.  No cabe duda de que lo hay.  Pero, al dar con él, puede que no haya posibilidad de publicar la obra en un foro que me trae a muchos lectores.  Estos voy a tener que sacrificar (temporalmente, si tengo suerte), si quiero mantener mi afán de superación.

Soy escritor en busca de un MacGuffin que me cunde las reservas hasta la última gota, y me pone implacablemente de manifiesto; sólo así me puedo observar, estudiar y analizar como a un ratón en un laberinto, y después publicar las conclusiones, para la posible diversión y edificación de los demás.  Escribir con una MacGuffin que me engancha hasta dejarme reventar por él, esto es, para mí, obrar en un estado de gracia.

 

domingo, 5 de mayo de 2013

El ombligo de todos

A finales de los setenta y a principios de los ochenta, cuando mi padre estaba en su apogeo como columnista, el periódico para el que escribía, The New York Daily News, tenía una tirada dominical de 3.000.000 ejemplares.  Ni pensaba en escribir sobre su vida más íntima, o sobre los vecinos, pues esto podría haber traído a él y a su familia consecuencias incómodas o aun feas.  Casi todo el mundo leía su columna con regularidad, o conocía a alguien que la leía con regularidad.

En contraste, si soy conocido en mi bloque y barrio, es por ser guiri, no por ser articulista en el periódico.  Los pocos vecinos que saben que escribo en el Diario de Sevilla, aunque esto les impresione, no me leen.  Así que, me libero de las consecuencias que podrían resultar al exponerme ante ellos o al exponer a ellos.  Menos mal, pues, si no escribiera sobre mí y la gente en mi entorno familiar y vecinal, no sé qué materia periodísticamente interesante estaría a mi alcance. 

Mi padre, como columnista en busca de materia, se reunía con su tertulia en un café de Brooklyn, vagaba por barrios y calles ajenas, asistía a actos, hablando con desconocidos, o citaba con peces gordos de la ciudad.  Yo busco materia al reunirme con mi mujer e hijos, al vagar por mi propio barrio, al asistir a mi día a día, y al tratar con funcionarios, tenderos, vecinos, mis alumnos, oficinistas del banco, y la familia y los amigos de mi mujer.

Habrá aquellos que dicen que, sin acceso a gente y actos de categoría, estoy, como periodista, más limitado que mi padre.  Depende.  Muchas veces mi padre escribía u opinaba sobre el tema, acto u hombre del momento, porque se veía obligado a hacerlo, no porque quería.  Habrá pensado: con todos los recursos de los que dispongo como columnista del Daily News, ¿me voy a mirar el ombligo?  Sin embargo, sus mejores columnas, aquellas que comunican tanto hoy como en el momento que se publicaron, ponen de manifiesto su ombligo.  Resulta que su ombligo era el ombligo de todos. 

Opinar sobre los poderes fácticos es importante, por supuesto, pero igualmente importante es escribir a ras de la calle, de nuestra calle, acerca de aquellos que viven allí, sobre todo acerca de uno en particular.  A mi juicio, teniendo en cuenta mi categoría como periodista, la mejor forma de profundizar en el periodo y sitio en los que vivo, es primero dedicarme a vivir como el ciudadano de a pie, y después dedicarme a contar, sin recato, lo que ocurre tanto alrededor de mí como dentro de mí.

Como decía, a la hora de decir la dura y vergonzosa verdad, tanto sobre uno mismo como sobre los demás, los escritores pocos conocidos y leídos, lo tenemos más fácil.  Si, de nuestros textos, sólo tenemos que responder ante nosotros, o ante una piña comprensiva, es más fácil olvidarnos de la prudencia y abrirnos de par en par.  ¿Habría escrito El calvario de mi mujer, si hubiese creído que el periódico llegaría a La Plaza Virgen de Fátima en Madre de Dios, donde la historia se desarrolla y donde suelo ir con mis hijos para comprar pan, fruta y verduras?  ¿Habría temido demasiado las consecuencias?  No quiero subestimarme.  Quizás, detrás del artículo, haya un poco de: “Vale, ¿no me leéis? Así que ¡toma!  ¡En toda la cara, sin daros cuenta!”  Quizás lo haya escrito, en parte, por desafiar a mi anonimato.  Que me descubran.

domingo, 3 de marzo de 2013

Premio

Se dice que la señal de un verdadero poeta no es el número de poemas que ha publicado, sino el número que ha tirado a la basura.  En mi opinión, un poema depende más de talento e inspiración que un artículo.  Es más posible salvar un artículo mediocre con transpiración, perseverancia y prácticas.  De todas formas, porque es mi objetivo como periodista tomar mi obra tan en serio como los poetas toman la suya, habrá artículos que acaban eliminados.

En Julio de 2009, escribí un artículo que reprendía las críticas que mis vecinos dirigían al trabajo de algunos albañiles sudamericanos que acababan de poner suelos de mármol en las escaleras y rellanos de nuestro bloque.  A mi ver, el trabajo fue igual de bien o mejor que habría sido si lo hubiera hecho españoles.  Pero como de esto no podía estar seguro, y como la mayoría de las críticas habían venido de parados que antes habían trabajado en la construcción, el artículo me parecía más injusto que la injusticia que denunciaba.  A diferencia de los parados de mi bloque, yo atacaba a aquellos cuando ya estaban derrotados.  Por eso, lo suprimí.

Casi tres años después, me salió Prohibido Paraguayos, un artículo que tiene, como mínimo, fundamentos más sólidos.  Mientras el primer artículo vaciló y se disculpó, este se desarrolló despiadadamente al grano, sin dar explicaciones.  Puede que uno de sus defectos sea que no da tregua alguna a los denunciados.  Este defecto va de la mano de su virtud principal: su ritmo arrasador.

Quiero dejar claro que, cuando lo escribí, estaba decepcionado con Sevilla.  Me sentí marginado.  Me estaba dando cuenta, paranoicamente o no, de que la así llamada intelectualidad hispalense nunca me aceptaría, que ser guiri, aunque esto me abrió camino y me consiguió un foro, al final funcionaría en contra de mi carrera como escritor en Sevilla.  Aun temía que cuánto más destacara mi trabajo, cuánto más reluciera, peor, pues más razón tendrían los nativos para descartarlo.  Quizás sean estos sentimientos los que el primer intento faltaba: aunque yo había sentido la injusticia de criticar el trabajo de los sudamericanos, todavía no me había sentido identificado con ellos.  Como premio por mi paciencia y contención, podía, en este intento, desahogarme por motivos personales, sin tener que referirme a mí.  Al suprimir un artículo mediocre, gané otro que vale más.

 

domingo, 17 de febrero de 2013

Antes torpe que formulista

Hace algunos años, fui al recital de un cuentista estadounidense que acababa de publicar un libro magistral.  Dio una pequeña charla en la que dijo, como si tal cosa, casi con aburrimiento, que escribir cuentos le estaba haciendo cada vez más fácil.  En este, su primer libro, todos los cuentos, salvo uno, encendieron mi alma.  En su segundo libro, la mitad lo encendió.  En el tercero, sólo uno lo encendió.  No publicó más.  Quizás porque escribir ya no representaba ningún reto para él.


Mi padre escribió columnas, no cuentos.  Un vez me dijo: “El oficio nunca se hace mas fácil, pero quizás mejoremos”.  Si esta perogrullada tuviera una modificación, sería: “Si queremos mejorar, tenemos que asegurar que el oficio nunca se haga más fácil”.  La gran tentación y así que perdición de los articulistas es el formulismo.  Hay que huir de él como de la peste.

Llevaba mucho tiempo queriendo escribir sobre El Metropol Parasol de Sevilla, pero no daba con la tecla para hacerlo interesante para mí.  La polémica que rodeaba su construcción y financiación enturbiaba mucho el asunto.  Y encima su reluciente novedad.  Todo esto no me permitía ver hasta el fondo del pantano, por así decirlo.

Más de un año después de su inauguración, mi amigo londinense llegó a Sevilla de visita.  El Parasol fue un flechazo para él.  Dio la casualidad de que este amigo estaba sufriendo mucho en aquel momento por su vida amorosa, quizás debido a haberse dejado llevar por los flechazos.  Así cuajó la inspiración para Ensombrecidos por las‘setas’.

¿Cómo comparar lo estrafalario del ámbito del amor con lo estrafalario del ámbito de la arquitectura?  Opté por el diálogo, pues yo estaba apurado de espacio, y el diálogo bien hecho dice más con menos.  Afortunadamente no tuve que describir en detalle el Parasol.  La gran mayoría de mis lectores ya lo han visto, al menos en fotografías.  Lo que más me costó fue representar fielmente la vida amorosa de mi amigo.  La eficacia del artículo dependía de lo bien que podía hacer justicia a esta irracionalidad.  Lo hice en dos gordos y enredadísimos párrafos.  Se sitúan, sin elegancia, en medio del artículo, tal como El Parasol se sitúa en el casco antiguo de Sevilla.

domingo, 20 de enero de 2013

¿Restricciones o libertad?

¿Cuál fomenta más la creatividad, las restricciones o la libertad?   Diría que la libertad, con tal de que no la tomemos por sentada, y no la confundamos con dar carta blanca a nuestros caprichos.  Normalmente la materia en sí, es decir la idea y la forma elegida para expresar o realizarla, nos ponen sus propias restricciones.  Corresponde al artista reconocerlas y acatarlas.  Los creadores más despóticos, que se niegan rotundamente todo tipo de crítica o regla, que piensan que su creatividad e intelecto nunca fallan y que su obra es intocable, no suelen llegar a ser artistas más allá de en sus propias fantasías.

Para mí, la libertad artística consiste en poder elegir mis restricciones.  La Sevilla del guiri me pone muchas restricciones.  En ella, no caben todos los temas que me fascinan.  Los textos no pueden exceder 950 palabras.  Por ser publicados en un periódico, hay registros de lenguaje a los que no puedo recurrir.  Todas estas limitaciones, y otras más, al contrario de inhibir mi creatividad, la animan.

También me restringe mi editora.  Como he dicho antes en este blog, mi editora es mi esposa.  Porque ella me quiere y es perspicaz (los únicos requisitos esenciales para un buen editor), le otorgo autoridad absoluta sobre lo que escribo.  Si dice que algo no funciona, aun si no puede explicar precisamente el porqué, le doy el beneficio de la duda, y lo elimino.  Manda ella.  Supongo que, por culpa de ella, he quitado ocurrencias agudas de mi obra.  Como todas las autoridades, ella puede fallar.  Pero por cada vez que ha amortiguado el impacto de mi obra, la ha salvado diez veces o más.

En ¿Secuelas de una dictadura?, escribo sobre el abuso de autoridad en España.  No tengo ningún problema con que una autoridad me limite, ni como escritor, ni como ciudadano, ni como ser.  De hecho me viene bien, siempre y cuando esta autoridad se preocupe de veras por mí, y no por conservarse.    

sábado, 22 de diciembre de 2012

Comiendo tarta

Un periodista tiene la obligación de saber – saber por haber vivido y por estar viviendo – la vida del ciudadano de a pie.  Si vives como un privilegiado, con y como La Corte, las aberraciones de aquellos que mandan no te dan el cante, o si te lo dan, no es para tanto.  Si comes tarta con la reina, y ella dice, al enterarse que protestan por la escasez de pan, “¡Que coman tarta!” quizás te parece un poco insensible, pero no te entran ganas de cortarle la cabeza.  

En Sevilla, vivo entre la clase baja.  Aclaremos que las clases bajas de esta sociedad son, en un contexto global, también unos privilegiados.  Hay que decir también que, a diferencia de la mayoría de mis vecinos, mi estatus social ha sido más mi elección que mi suerte.  Aun así, gracias a la vida que llevo, tengo una idea más clara sobre lo que un ser humano verdaderamente necesita para sentirse seguro, digno, relevante y aun a gusto.  Aún mejor (para un periodista), por vivir como y entre los ciudadanos de segunda o aun tercera clase, vivo en directo y a diario casi todos los incumplimientos, descuidos y políticas miopes de nuestros gobernadores.

Tal como los políticos debaten y promulgan leyes y elaboran presupuestos para regular la sanidad, la educación, el transporte público, sin apenas utilizarlos, los periodistas de política no entran, mucho menos viven en barrios humildes, aún menos en barrios desgraciados.  Apenas patean la vía pública, salvo cerca de sus casas, oficinas y las oficinas de aquellos a los que cubren.  Para ellos, el paro es una lacra al acecho, no su vía crucis o un hecho cotidiano.  ¿Algunos de ellos meten a sus hijos en la educación pública?  Tanto el follón administrativo y la impersonalidad de la sanidad pública como su abuso por los usuarios son, para los supuestos expertos, que se enteran a través de terceros, una indignidad hipotética.  Por lo tanto, acaban escribiendo sobre lo que saben, y para aquellos a los que conocen, es decir para interesar a los políticos, a sus plantillas y a los demás escritores de política, no para exponer, con pelos y señales, hasta qué punto y hasta qué profundidad llega el alcance de la mala gestión del pueblo.  Eso, simplemente porque no lo sufren lo suficiente en sus vidas cotidianas.

Claro está que los políticos están alejados de la realidad.  Una gran parte de la culpa la tienen los periódicos que dedican tanto espacio a los desaires e indirectos intercambiados entre ellos, sus mezquinas rivalidades de poder y todo el cotilleo y soso espectáculo acerca de semejante circo de faranduleros.  Quizás los periódicos están en crisis porque han dejado de escribir sobre lo que nos importa.

Escribí parte I de Carta abierta al alcalde para demostrar que, pese a tener cada día más contundentes motivos por no tener esperanzas de la política, sigo teniéndolas.  Digan lo que digan los sondeos, creo que los españoles en su mayoría comparten mis esperanzas redomadas, lo cual es lo único que los políticos tienen a su favor.

Escribí parte II para demostrar cómo los políticos, al conseguir sus cargos, escupen en la cara de nuestra buena fe, tanto con sus acciones como con sus palabras.  Los periodistas de política tienen la responsabilidad de exponer todos estos timos perpetrados en nombre de la política.  Pero no lo hacen como es debido, porque están comiendo tarta con la reina.

domingo, 9 de diciembre de 2012

La inevitable eventualidad

Cuando leí que el alcalde de Sevilla había llamado el Diario de Sevilla “el periódico de referencia en Sevilla”, de repente me di cuenta de que, si escribiera una Carta abierta al alcalde, probablemente la leería.  ¿Cómo podría dejar pasar la oportunidad de expresarme, con pelos y señales, al encargado de mi ciudad adoptiva?

Al tomar la decisión de escribir sobre la política, o, aún menos típico de mí, sobre un político, el reto se convirtió en cómo hacer esto sin que el artículo tuviera una fecha de caducidad.  Quizás una imposibilidad.  De todas formas, lo intenté esforzándome al máximo.  Primero, no lo nombré, convirtiéndolo en El Político, o más bien, en Nuestras Esperanzas de El Político, y a mí en La Voz Expectante, Insistente y a Veces Inocente del Pueblo.  Tal dinámica siempre ha existido y siempre existirá.  Segundo, en vez de escribir sobre él, escribí a él, de hombre a hombre, centrándome en su carácter y su porte, en vez de en su plataforma y cv.  Si la primera táctica impersonalizó el asunto, la segunda hizo todo lo contrario.  Y tercero, escribí, siempre que fuera posible, sobre las verdades universales de La Corte (sus engaños, auto o no, sus aires de superioridad, y su alejamiento de la realidad) en lugar de temas de actualidad, y los políticos concretos implicados en ellos.

En la segunda parte de la carta (que se publicará en dos semanas), aunque no pude evitar referirme a temas de actualidad, lo hice en la forma más genérica posible, pero no por eso menos especifica.  Eliminé todos los detalles, la mayoría nombres propios, que sólo llevan un significado sugerente o emotivo en el presente.  Mis únicas concesiones al presente, hacer mención de Mike Bloomberg, el alcalde de Nueva York, y del Caixafórum de Sevilla, fueron incluidas para no socavar el fundamento principal de cualquier periodista que se precie: la claridad.

Aunque parezca que no, escribir para el lector de todos los tiempos casi siempre hace el texto más, no menos, pertinente a la actualidad, en gran parte porque lo hace más ameno, en el sentido digno del termino.  Inclina a una cobertura, no exhaustiva, sino de lo imprescindible; a informar a través de la descripción; a narrar en vez de explicar; al lenguaje figurado más que al literal.  No podemos dar nada por sentado, tenemos que escribir con sumo rigor.

Habiendo dicho todo esto, la segunda parte de la carta, precisamente porque se ata más al presente, es la que tiene más intensidad y fuerza.  Ya veréis.  Tuve que abrazar el lado más efímero del periodismo.  Al fin y al cabo, el valor de nuestra obra, un poco como el valor de la obra de un artista escénico, radica en su eventualidad.  Al abrir el periódico, al subirse el telón, arranca; al cerrar el periódico, al bajar el telón, ya ha pasado a la historia.

domingo, 28 de octubre de 2012

Una medida preventiva

Intento organizar mi vida para que, si me rindiera a la tentación de conformarme con el camino más fácil, hiciera daño no sólo a mí, sino a aquellos que (y a lo que) más respeto y amo.  No conozco otra forma más eficaz de desarrollar mi carácter.

Por ejemplo, no inscribí a mis hijos en educación prescolar, aunque al hacerlo yo podría haber pasado toda la mañana tranquilamente escribiendo o impartiendo clases de inglés.  Pasar a mi prole al sistema me pareció un recurso tan fácil que me sentía como si alguien me tendiera una trampa.  Para no caer en ella, decidí mantener a mis hijos conmigo, y llevar todo el cargo y la responsabilidad que eso conllevara.  Tomé la decisión con el objetivo, en parte, de forjarme el carácter, aunque no lo habría tomado, si no creyera que el carácter de mis hijos estaba más en juego que el mío.

Ya ha pasado más de un año y, en cuanto a mí, ya veo el resultado de haber desafiado lo más cómodo.  Vivo con más rigor.  Si no organizo bien las mañanas, mis hijos las pasan viendo la tele o peleándose entre ellos, o, en la calle, se quedan y se quejan todo el tiempo en el carrito mientras hago los mandados a toda prisa.  Por otro lado, si organizo bien las mañanas, todos jugamos mucho rato en el parque o andamos tranquilamente por la vía publica, investigando y entreteniéndonos a nuestro amor.  En esta situación y en todas, si yo fuera el único que sufriera las consecuencias de mi mala organización, las podría aguantar.  Pero al ver a mis hijos estancarse por mi culpa, me preocupo en enmendarme.

Pasa igual con mi escritura.  Si escribiera sobre la política, o la moda, o los deportes, o incluso las artes, al no dar cuerpo y alma a los textos, al cometer fallos y descuidos evitables, esto sólo pondría en peligro mi futuro y mi reputación como escritor.  La política, la moda, los deportes y las artes permanecerían intactos, intocados.  Pero cuando escribo sobre mi familia, o mis seres queridos, o mis creencias y convicciones más profundas, cada frase que no sea digna y precisa es una ofensa contra lo que para mí es sagrado.  Sólo entonces escribo con sumo cuidado.

Escribí Limpiando el panteón, que tiene que ver con la muerte de mi padre, como si su inmortalidad dependiera del resultado.  Es el hombre que más he admirado en la vida.  Si me hubiera dejado caer en los tópicos y lo sentimental, habría sido mancillar todo lo que él representaba y sigue representando para mí.

Lo que quiero decir sobre el oficio es sencillo.  Si queremos escribir en plena forma, tenemos que elegir los temas que no nos dejan, por amor propio y aún más por amor de los demás, ni el más mínimo margen de error.

domingo, 14 de octubre de 2012

Un estilista por defecto

Muchos lectores y aun escritores creen erróneamente que el estilo de un escritor es el resultado de su don para las palabras.  Estoy de acuerdo con Hemingway de que el estilo es el resultado de la torpeza de un escritor.  Defino el estilo como el regusto que dejamos al oído de un buen lector, al superar, en la mejor manera que sabemos, las dificultades de expresarnos.  Aun diría que cuánto más fácilmente escribamos, menos probable que nuestro verdadero estilo se haga ver.

Empecé a aprender castellano hace siete años. Sigue siendo y siempre será un idioma extranjero para mí.  Los matices del idioma, en su mayoría, me eluden.  Es como si a un pintor le quitaran su paleta de colores infinitos, y tuviera que hacer arte con rotuladores.  No le quedaría otro remedio que relegar los medios a su (debido) papel prosaico y dar cara.  Al empezar escribir en castellano, sólo entonces mi personalidad como escritor, tal como la de un árbol podado, logró demostrar su verdadera valía.

En ¡A por el bilingüismo! intenté explicar lo difícil que es aprender, en profundidad, otro idioma.  Para saber lo difícil que es esto, tienes que vivirlo, intentar llegar a ser bilingüe, y fracasar.  Muchas veces me deprime el camino que me queda todavía por andar, si quiero llegar a mi muy, pero muy exigente meta de fluidez total en este segundo idioma.  Me enfadan los timos perpetrados por las academias al intentar vender sus programas de aprendizaje.  Todo esto me parecía imposible expresar, aún más en castellano.  Quizás en inglés, con una paleta rebosante de colores, podría haber hecho justica digna a mi anhelo y frustración.  Pero no me extrañaría si aquel artículo, aunque más matizado y aún conseguido, también habría sido más estéril, salido más de mi mente que de mis entrañas.  Al poner manos a la obra en castellano, me salieron, en lugar de anhelo y frustración, alegría y humor.  Claro que el resultado se queda corto, que no alcanza describir la rotunda realidad de mis sentimientos, pero no por eso es menos cierto.  En el humor y la alegría del artículo radican tres cosas que son, a veces, lo mismo: su estilo, su insuficiencia, y su verdad.

Louis Sullivan, el arquitecto estadounidense y pionero en el diseño de los rascacielos, trabajaba bajo el lema, “form follows function.”  (la forma resulta de la función).  Se puede aplicar el lema a todas las artes.  Yo diría que, también en todas las artes, “style follows disfuntion” (el estilo resulta de la disfunción).  Intentamos expresar algo que no es posible expresar con los medios de los que disponemos.  Cuánto menos posible nos parezca poder expresarlo con estos medios, más alma y empeño ponemos en el intento.  De este intento fallido, redimido por el alma y empeño que se nos han corrido por la obra en la lucha, brota el estilo.

domingo, 16 de septiembre de 2012

No tragarse el humo

Los artistas, en su gran mayoría, empeoran con el éxito.  Producen su mejor obra antes, no después.  Crear en un vacío, sin saber si alguna vez la obra verá la luz, aunque eso no es nada alentador, a veces es precisamente lo que proporciona a los artistas la chispa necesaria para crear arte.

Parece que la personalidad, y aún el alma de los artistas, se saltan a la vista, o al oído, cuando están aislados y apartados sin querer, y están gritando al cielo para que los tengamos en cuenta.  Al conseguir un público, pierden un gran motivo por crear.  Ganan otro, es cierto – el no querer decepcionar a este público – pero tan puro como el perdido no lo es.

Durante más de 20 años, escribí en un vacío.  Sólo mis amigos y mi familia, todos escritores también, leyeron mi obra, para ayudarme mejorarla.  Este aprendizaje de valor incalculable ha resultado, creo, en un premio, La Sevilla del guiri.  Mucho éxito no es, pero es lo suficiente para alterarme.

De repente tengo que tratar con las estadísticas de mi blog, a los que acudo casi cada día como un adicto.  Hay el número de lectores atraídos por cada post, el número de comentarios que ha provocado, y claro los comentarios en sí – los ánimos, insultos, aclaraciones, malentendidos, corroboraciones y discrepancias.

Los ánimos me afectan por el bien, siempre que no los vea como elogios.  No hay nada más peligroso para un artista que los elogios.  Son el verdugo de las inquietudes, tranquilizan las dudas necesarias para comunicar con contundencia.

James Saltar, uno de los únicos escritores estadounidenses, que yo conozca, que han mejorado con el tiempo, fue tan amable contestarme, cuando hace 10 años, le escribí una carta de admirador.  Con referencia a mi idolatría, incluyó una frase que nunca olvidaré: “I took pains not to inhale” (Puse mucho empeño en no tragarme el humo).  Un humo tan poderoso como perjudicial.

Sigue siendo el vacío – ahora como amenaza, siempre acechándome – que me inspira más que cualquier otra cosa, salvo Dios.  Al final del año pasado, la dirección del periódico me dijo que a partir de febrero, La Sevilla del guiri sería publicada un sábado sí y otro no, en vez de cada sábado.  Tendría que compartir con otro escritor el espacio que pensé que yo había ganado con trabajo y talento.  Me di cuenta de que no podría confiarme.  Un día podría estar escribiendo de nuevo en un vacío.

Apología del patriotismo es el primero artículo que escribí después de que me informaron del cambio.  Al escribirlo, me sentí aislado, apartado, purificado.

domingo, 8 de julio de 2012

Pese a cómo soy

Al leer Abuelos guardaniños y guardavalores, algunos padres pensarán que les acuso de no cumplir con su deber.  Que Dios me libre de amortiguar el golpe de palabras escritas sinceramente y en buena fe.  De todas formas, debería hacer una confesión:

Entiendo por qué una persona, después de tantos años de preparación para una carrera profesional, dudaría en dejar esta profesión a un lado, quizás para siempre, para volcarse en criar a sus niños pequeños.  Mi gran suerte como escritor es que, si quiero ser fiel a mi vocación para ser artista, tengo que dedicar la mayoría de mi tiempo y energía a otras cosas.  El trabajo de un artista consiste, como cualquier trabajo, en entender y poner en práctica una serie de técnicas, normas y habilidades, pero esto es la parte menor.  Lo principal es entenderse a sí mismo.  Criar a mis hijos, me ayuda precisamente a hacer esto.  Me permite ver, con una claridad que nunca antes he conocido, todos mis defectos y virtudes importantes, y todas mis aptitudes y carencias importantes.  Sin este conocimiento, escribiría peor, menos convincentemente, sobre el asunto que sea.

La gran mayoría de las profesiones no la podemos llevar a cabo si paramos a recrearnos o/y sufrir todos los momentos auténticos y emocionantes de la vida.  Todo lo contrario.  Hay que pasarlos por alto para poder centrarnos en la tarea.  Como artista aspirante, no tengo que elegir entre el uno (el trabajo, la carrera, la productividad) o el otro (la familia, el amor, la profundidad): para mí, el uno es el otro.  Dedico tanto tiempo a la crianza de mis niños pequeños con la intención de hacerme un hombre más competente, completo y sabio, pero con un motivo egoísta: quiero crear arte.  He encontrado el buen camino, pese a cómo soy.

domingo, 27 de mayo de 2012

El secreto aburrido

Arranqué clase de inglés con una pregunta: “¿Alguno de vosotros toca un instrumento?”  Una alumna respondió: “Estoy aprendiendo tocar la guitarra.  El profesor me ha enseñado el secreto”.  Todos estábamos con las almas en vilo, queriendo saberlo.  Nos dijo: “Te tiene que encantar hacerlo”.

Me llevé una decepción este secreto, aunque no se lo puede negar.  No podía evitar pensar en mi hijo, al que mi mujer y yo estamos intentando, durante un rato cada noche, enseñar los números.

-No quiero hacerlo, papá- me dijo una noche-.  Es aburrido.

-Sé que es aburrido, hijo- empecé a responder, pero mi mujer me cortó:

-No digas que es aburrido. Estudiar es bonito.

Bueno.  Puede ser bonito, y puede ser aburrido también.  Según mi experiencia, tienes que aguantar lo aburrido, siempre con paciencia, para llegar a lo bonito.

Por ejemplo, no me gusta escribir; me gusta cuando he escrito bien, es decir, cuando he podido expresar una parte de mí – una creencia, una característica de mi personalidad, una forma de pensar, un sentimiento, una vivencia – con tanta claridad que me ha parecido una epifanía.  Ahí radica la satisfacción del oficio para mí: las sorpresas que conlleva el intento casi diario de conocerme mejor a través de la escritura.

Eso pese a que a veces no me cae bien ni él al que voy conociendo, ni el exasperante proceso de descubrimiento.  Hay días en los que me golpeo la cabeza contra la pared, aun literalmente, porque no me sale nada interesante, nada nuevo.  Soy yo el aburrido.

Del último borrador de Cumpleaños capitalista, eliminé, a efectos de concisión, la siguiente pregunta sobre Cuba: “¿Aquellos que estudian medicina o ingeniería, sabiendo de antemano que van a ganar menos que un taxista, acaban ejerciendo mejor sus oficios que aquellos que han estudiado estas carreras porque también son lucrativas?”  A largo plazo, creo que sí.  Con tan poco dinero por medio, la profesión tiene que compensarse por sí solo.  Es posible que, si me pagaran bien por mi obra, no me esforzaría tanto para llegar a estos descubrimientos que merecen tanto la pena. 

sábado, 12 de mayo de 2012

Reinvertir beneficios en la empresa

Estos días no me da tiempo para leer por placer.  Sé que hay que buscar el tiempo; así lo encontraré.  La verdad es que prefiero utilizar el poco tiempo libre que tengo para otros placeres, jugar con mis hijos, pasar un rato tranquilo con mi mujer, dormir.  Más adelante, en futuras etapas de mi vida, habrá tiempo suficiente para recrearme de nuevo en la lectura.  Cuando vengan estas etapas, tendré una experiencia más amplia en la vida real; así disfrutaré más.

Hay que decir también que, para mí, leer en español todavía no es puro placer, pues tiene su elemento de trabajo duro.  Pierdo muchos matices, por tener un vocabulario limitado, por no haberme criado en esta cultura, por estar acostumbrado a otro ritmo de sílabas y enfatizaciones, es decir otra poesía.  Sin embargo, estoy en ello, esperando que cuánto más lo haga, más fácil me resultará.

Estos días, leo por el self-improvement (auto mejoramiento).  Con tal de que lo considere trabajo, no dejaré de hacerlo.  Soy capaz de aplazar el placer, el trabajo no.  El resultado de leer como obligación es más o menos cómo lo describo en A la locura por la lectura.  Acabo terminando un libro con admiración para el autor, pero sin haber gozado verdaderamente de su obra.  Me fuerzo a terminarla con la esperanza de que reinvertirá beneficios en la empresa, que soy yo.

El trabajo de leer Manuel Chaves Nogales me pagó generosamente.  Del esfuerzo, saqué un artículo, y además tropecé con mucha sabiduría, como el artículo bien demuestra.

domingo, 11 de marzo de 2012

Una extraña pareja

Un escritor tiene arte si es capaz de convertir un tema simple y cotidiano en algo profundo y emocionante.  Un escritor tiene destreza si es capaz de convertir lo simple y cotidiano en algo fascinante.  Los escritores, incluso aquellos con arte, si quieren publicar con más frecuencia que de uvas a peras, tienen que contar con la destreza.

El arte sin destreza muere en la vid.  Los mejores artículos – como los mejores poemas, relatos y novelas – salen en un arranque repentino e implorante de creatividad y energía.  Pero sin la destreza, es decir sin los trucos y las reglas del oficio, la inspiración no se hace ver.  El truco principal del oficio es la paciencia.  El paso de tiempo es el gran amigo del artista a la hora de presentarse a un público, retocado y rematado hasta (o casi hasta) la saciedad.  Esto es posible sólo desde la distancia.

Muy, pero muy pocos escritores tienen arte, y a aquellos que lo tienen, no siempre les sale.  Una guasa en la manga es un ejemplo de un artículo hecho entero con trabajo y tiempo.  Tardé dos semanas, más de 40 horas en terminarlo, con la inspiración llegando a trompicones.  Tuve dos anécdotas, una la inversa de la otra.  En la primera, un hispalense confundió a mi mujer con un guiri.  En la segunda, un hispalense confundió a mi hermano con un nativo.  Al final, utilicé la primera para comentar sobre los sevillanos y su gran tendencia a cerrar filas ante lo ajeno, y la segunda para comentar sobre los yanquis y lo mucho que nos gusta adueñarse, o más bien, sentirnos dueños de lo ajeno.  Aunque todo eso me parece sencillo ahora, llegué a esta sencillez sólo después de meterme por muchas rumbas equivocadas.

El arte brota de la impulsividad, la destreza del despego.  Un artista tiene que saber casar dos fuerzas que, por naturaleza, forman una extraña pareja.

domingo, 12 de febrero de 2012

Trabajo y placer

En ¿Adicción o afición al trabajo?, he escrito que el oficio de escribir “me engancha hasta tal punto que sueño con pasar todas mis vacaciones en una casa con vistas al mar, escribiendo durante ocho o más horas al día, los fines de semana incluidos”.

Escribir fue mero trabajo para mí cuando fui reportero.  Tenía encargos y tenía que escribirlos según la pauta enseñada.  No menosprecio la capacidad de escribir según una pauta.  No es tan fácil como parece.  Basta con leer a cualquier periódico, incluso los mejores, para comprobar que muchos escritores profesionales todavía no han conseguido asimilar lo rudimentario de su profesión.  De todas formas, escribir cómo lo enseñan las escuelas de periodismo, eso es sólo un ejercicio para un verdadero escritor, parte de su aprendizaje.

Un escritor llega a tomar placer profundo en su trabajo sólo al matar todas las pautas y reglas.  Si alguien me está obligando a escribir una cantidad específica de palabras, o sobre un asunto encargado, o todos los días, o con una fecha límite, o según un sesgo político, moral o artístico, o haciendo uso siempre del mismo estilo, eso, sí, es mero trabajo.  Siento placer siempre y cuando esté libre.  Escribo precisamente para sentirme libre.

Cuando era profesor de Redacción, para que mis alumnos disfrutaran de sentirse libre a la hora de escribir, y, al mismo tiempo, para que entendieran que escribir así tiene un rigor propio y exigentísimo, decía, “Para la semana que viene, escribid sobre algo que os ha emocionado.  Hay un solo requisito inflexible: no podéis aburrirme.  Aquellos que me aburran, tendrán que escribirlo de nuevo”.

Defino el mero trabajo como el que me limita, y por tanto el que acaba aburriéndome.  Defino el placer como el que me emociona, o al menos el que me fascina, sin fecha de caducidad.  Cada vez que me siento para escribir, me propongo el mismo criterio que proponía a mis alumnos.  Con tal de que me aburra antes que mis lectores – que sea siempre así – el criterio no me traicionará.

domingo, 15 de enero de 2012

Matando las vidas posibles

Viví tantos años en la soltería empedernida, trabajando a tiempo parcial, escribiendo entre 8 a 10 horas al día, y después leyendo, viendo películas, hablando con mis amigos que también eran escritores.

Hoy por hoy es otra historia.  Tengo tiempo para escribir tan sólo si organizo bien los días.  Leo poco además del periódico.  Sólo veo cine infantil.  Menos mal que la gran mayoría de mis amigos viven fuera, porque no sé cómo me daría tiempo para verlos.

Cuando no escribo, cuido a mis hijos o imparto clases de inglés.  El primero me extenúa físicamente, psicológicamente y mentalmente.  El segundo sólo mentalmente.  El primero me está haciendo hombre, el segundo me pone en las casas y oficinas de los demás.  Ambos me sirven para que mi mente consciente se aleje de mi escritura cuando no estoy en ella.  Vuelvo a mis proyectos, cansado, sí, pero ligeramente cambiado, con una pizca más experiencia en la vida, pues así soy más capaz de matar lo falso en mi obra.

Durante muchos años, me conservé, me retiré de la vida para disponer de más tiempo y fuerza, no sólo para escribir, sino para sumergirme en las artes y en los otros placeres.  Más que años de preparación, los veo como años para ganar tiempo, para hartarme de lo dulce, para armarme del valor necesario para por fin entrar en liza.

Antes meditaba mucho sobre mis vidas posibles, sobre lo que quizás podría llegar a ser al comprometerme a un camino.  Echo de menos aquellas vidas posibles como echo de menos sueños bonitos.  Las maté en un momento de sangre fría.  Cogí un camino, y sigo en ello, sin reservas.  En el bio de éste blog, escribí que “he encontrado mi voz como escritor. . . gracias a haber encontrado en Sevilla una vida lo suficientemente repleta para exprimir el mejor zumo que hasta ahora ha sido posible de sacar de mí”.  Sólo al matar mis vidas posibles, empecé a dar al lector algo para gustar o disgustar.

Antes de despedir la emisión, os brindo un remate eliminado de Lo que nos hace especiales: “Que Dios me salve de tocar la lotería.  Si por mí fuera, si pudiera, dedicaría todas las horas que paso despierto doblegado sobre mis libros, escribiendo para gente igual de asocial que yo”.

domingo, 8 de enero de 2012

El bien que por mal ha venido

Me gustaría vivir bien apartado de los demás.  Con buenos libros, buenas películas, la blogosfera, invitados cultos, educados e íntimos, no me aburriría.  Estaría más en paz con la humanidad, por no haber que vivir el día a día con sus tonterías, rarezas y feos. 

Viviendo en la periferia populosa de Sevilla, con la necesidad de salir cada día, los enfados de la gente, su agobio, su amargura, sus insultos, causan impacto en mí, aunque no estén dirigidos a mí.  Los malos espíritus me invaden, me contaminan.

Pero si viviera apartado, también me privaría de los pequeños detalles de extraños, la bondad y amabilidad que surgen de aquellos a los que, en otras ocasiones, he visto enfadados, agobiados, amargados e insultantes.  El lado bueno y el lado malo compartiendo el mismo escenario, luchando el uno con el otro por tomar posesión de los mismos personajes, de las mismas almas, me hacen ver que yo no soy el único Doctor Jekyll perseguido por su Señor Hyde.

En No te recomiendo la suite de lujo, escribí que “en mi ala [de Sevilla]. . . las cortinas y las paredes son finísimas. . . .  La miseria, como todo, no se puede esconder”.  Me conformo con vivir apiñado con los demás porque, si quiero seguir escribiendo, y siguen pagándome lo que me pagan por escribir, no hay otra manera, que yo conozca, de llegar, con una mujer y dos niños, dignamente a fin de mes.

No me quejo.  Me viene bien vivir sin todas las comodidades que me antojan.  Escribo con más desenfreno.  Pasar sin mi torre de marfil me abre los ojos no sólo a la realidad en sí, sino a la realidad en mí.